22 feb. 2011

The Noah Confessions - Capítulo 7

Siento mucho la tardanza, estuve muy ocupada con un examen de física, clases y demás... Ustedes entienden. De todos modos, ¡Disfruten del capitulo y no olviden dejarnos sus comentarios!

Dieciséis

y un día
1
Traducido por AndreaN


No leí mas nada esa noche. Tenía un examen de historia al día siguiente y como había gastado la mayor parte de principios del año obsesionándome acerca del guardarropa de la Sra. Kintner (se vestía como Heidi algunas veces, una gitana o una viuda Portuguesa otros días, y a mí me gustaba tomar desafíos), naturalmente estaba preocupada acerca de que iba a hacer. Técnicamente ya estaba castigada hasta la universidad, incluso aunque estaba bastante segura de que mi padre estaba usando un hipérbole para probar su punto. De todos modos, no quería lanzar malas notas a esa mezcla. Había estudiado lo más posible, pero no era fácil, no con la carta sentada bajo mi cama como una bomba.

No dormí mucho. Me volteé y giré y soñé con olas un minuto y armas al siguiente.  Vi a mi madre robando un banco. Me vi a mi misma caminando sobre agua. Vi el carro que no me regalaron cayendo por un acantilado conmigo dentro de él. Luego vi a mi madre. Luego a la Sra. Kintner. Fue una noche exhaustiva y estaba aliviada cuando terminó.

Mi padre y yo no hablamos de ello en nuestro camino hacia la escuela. Todo lo que él dijo fue: —¿Hoy no vas a hacer nada loco, verdad?

—Si lo hago, te llamaré.

—Lynnie.

—No te preocupes.

Pero sabía que lo haría.

Todo el mundo estaba hablando acerca de que me escapé de la escuela ayer. En el almuerzo, los estudiantes más jóvenes estaban señalándome y susurrando. Así eran las cosas en Hillsboro. Ser una pequeña chica mala te convertía en una celebridad.

Y nada más que eso hacía que te echaran.

—Eres mi héroe —dijo Talia.

—No seas ridícula, ella podría terminar en la escuela pública —dijo Zoe.

—Su padre nunca dejaría que eso pasara.

—Él fue a una escuela pública —dije.

—Sí, pero él ni siquiera te deja manejar un carro.

—¿Qué te hizo por lo que hiciste ayer? —preguntó Zoe.

—Me dio una carta —dije.

—Oh, eso es lo peor. Como si quisieras escucharlo hablar acerca de que es lo correcto e incorrecto y lo que ocurre en su día. Tengo que ir al laboratorio de computación.

—Yo también —dijo Talia, y ellas se apresuraron, todavía comiendo sus wraps vegetarianos.

Las observé irse y sentí como si mi lugar completo en el mundo estuviera huyendo de mí.

Me imaginé a mi madre sentada en una cafetería de una mala escuela pública en el Sur, escribiendo en su cuaderno. Me pregunté si Noah había estado sentado cerca de ella, si podía verlo a través de la habitación, si él era lindo, si él sabía quién era ella. Me pregunté cual era su crimen, que tan pronto lo descubriría y si me cambiaria. O mis sentimientos por ella.

Vi a Jen sentada sola en su puesto habitual. Tenía sus ojos fijos en una revista de surfeo mientras comía una rebanada de pizza, la tenia doblada por la mitad de la manera en que una neoyorquina la tendría.

Pateé la grama en frente de ella para obtener su atención. Ella solo miró mis zapatos y los reconoció.

—Hey, Lagarto. Lo hiciste bien ayer. Pero no puedo saltarme más clases por un tiempo. Casi me atrapan.

—A mí sí me atraparon.

—Mejoraras en ello.

Me senté en el suelo y dije: —¿Adivina lo que me regalaron de cumpleaños?

—Creo que ya habíamos pasado por esto. Un brazalete. No un carro. Necesitas superarlo.

—Algo más. Una carta de mi madre.

—¿De tu madre muerta?

—La escribió cuando tenía quince.

—¿Para ti?

—Jen, que tu cerebro consiga un poco de circulación, si no es mucho problema.

—Tú estas contando la historia —dijo ella—. No puedo evitar que este jodida.

—La escribió para alguien más cuando tenía más o menos mi edad.

—¿Quién?

—Un tipo llamado Noah.

—¿Es una carta de amor?

—No, es… una confesión.

—¿Qué hizo?

—No he llegado hacia esa parte.

—Probablemente es aburrido. Nuestros padres creen que eran unos desinhibidos de mierda, pero eran completamente patéticos. Marihuana. Oooh. Estoy asustada.

—Tú no consumes drogas.

—No las necesito. Yo surfeo. Ese es mi punto. Fumarte un cigarrillo de marihuana hace que pierdas tu ambición, dice mi padre. Y yo estoy como, ok, ese fue el descanso equivocado en el momento equivocado, tú has terminado con el surfeo.

—No me asustas. Solo estoy comenzando.

—Solo estoy diciendo.

—¿Realmente debería leer esta carta? Me refiero a, ¿Quiero saber lo que va a confesar?

Jen señaló una página en la revista y dijo: —Mira ese velero rojo y amarillo. Dulce.

—Bueno, gracias por escuchar.

—Todo el mundo tiene un pasado. Tu solo estas intentando que tu mamá permanezca perfecta —dijo ella—. Tienes esa opción porque está muerta.

Esta era definitivamente una de las cosas más inteligentes que jamás la había escuchado decir.

—Así que tú crees que debería leerla.

—Míralo de esta manera, Lagarto. Se supone que las mamás deberían volverte loca alrededor de esta edad. ¿Por qué la tuya debería ser diferente?

No tenía una respuesta.

—¿Quieres ir a Sunset alrededor de las cuatro en punto? —preguntó—. Debería estar casi vacío alrededor de esa hora, en este momento del año.

—No, hoy no.

Quería ir a casa y leer.

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